Hay algo profundamente español en la forma en la que decidimos destruir a determinadas personas públicas. No hablo de criticarlas —eso debería ser sano, incluso necesario—, sino de convertirlas en caricaturas hasta vaciarlas completamente de significado. Reducir años de trabajo político, debates complejos y decisiones incómodas a una colección de chistes repetidos hasta la náusea. Y creo que con Alberto Garzón ocurrió exactamente eso: que dejamos de escucharle mucho antes de empezar a entender lo que intentaba decir.
Porque durante demasiado tiempo fue más fácil tratarle como "el ministro que quería prohibir cosas" que detenerse un instante a pensar por qué determinadas industrias necesitaban tan desesperadamente que nadie las regulase.
A veces tengo la sensación de que Garzón apareció en un momento político profundamente incompatible con su manera de estar en el mundo. Mientras la política se convertía cada vez más en una competición de hipérboles, agresividad performativa y frases diseñadas para sobrevivir exactamente doce segundos en Twitter, él seguía hablando con una calma extraña, casi anticuada, sobre salud pública, consumo responsable, sostenibilidad o ludopatía juvenil. Y claro, un país acostumbrado a convertir cualquier matiz en sospecha terminó reaccionando como reacciona siempre ante quienes le obligan a mirar lugares incómodos: burlándose.
Supongo que también hay algo muy revelador en qué tipo de políticos generan odio visceral y cuáles no. A Alberto Garzón se le ridiculizó constantemente por intentar introducir debates que en muchos países europeos llevaban años normalizados. Debates imperfectos, sí. Discutibles, también. Pero necesarios. Porque cuando habló de limitar la publicidad de las casas de apuestas no estaba atacando la libertad individual, como algunos intentaron vender, sino señalando algo bastante evidente: que habíamos permitido convertir la adicción en espectáculo televisado. Que durante años normalizamos que adolescentes crecieran viendo cuotas de apuestas entre anuncios de coches y cervezas. Que el juego online había colonizado el fútbol, los bares, los móviles y hasta el lenguaje cotidiano sin que prácticamente nadie pareciera alarmarse demasiado.
Y sí, aquello cambió parcialmente durante su etapa como ministro de Consumo. La publicidad del juego pasó a restringirse severamente, especialmente fuera de horarios nocturnos. Lo curioso es que muchas veces los cambios verdaderamente importantes tienen algo de silencioso: desaparecen poco a poco del paisaje y terminamos olvidando que un día estuvieron ahí. Como ocurre con ciertos dolores. Como ocurre con determinados defectos colectivos que solo percibimos cuando alguien se atreve a nombrarlos.
La polémica de la carne
Pero probablemente el episodio que mejor resume todo fue el de la carne. Porque ahí ya no se discutía únicamente una propuesta concreta; lo que se estaba castigando era la osadía de introducir complejidad en un país obsesionado con los símbolos simples. Garzón habló de reducir el consumo excesivo de carne desde una perspectiva medioambiental y sanitaria. Nada particularmente revolucionario si uno había leído mínimamente las recomendaciones de numerosos organismos científicos internacionales. Y, aun así, buena parte del debate público reaccionó como si un ministro hubiese entrado en las casas dispuesto a requisar barbacoas.
Recuerdo especialmente la respuesta de Pedro Sánchez diciendo aquello de que a él donde le pusieran un chuletón al punto… Y más allá de la anécdota, que terminó convertida en meme nacional durante semanas, lo que siempre me produjo cierta tristeza fue la facilidad con la que la política española sacrifica cualquier conversación incómoda a cambio de una frase simpática. Como si existiera un miedo permanente a parecer excesivamente reflexivo. Como si todo tuviera que resolverse en el espacio mental que ocupa un titular.
Un político fuera de su tiempo
Quizá por eso Alberto Garzón daba la impresión de ser un político ligeramente desplazado de su tiempo. No porque fuese un visionario incomprendido ni una figura mesiánica, sino porque insistía en hablar de problemas estructurales en una cultura política completamente colonizada por lo inmediato. Y eso suele pagarse caro. Sobre todo cuando uno no tiene el temperamento adecuado para sobrevivir en el ecosistema contemporáneo de la indignación constante.
Porque Garzón nunca pareció disfrutar especialmente del ruido. Y tal vez ahí residía parte de su anomalía. En una época donde tantos dirigentes construyen su identidad política alrededor de la confrontación permanente, él transmitía algo extrañamente austero, incluso frágil a veces. Había en su manera de comunicar cierta torpeza humana que el espectáculo político actual no perdona jamás. No proyectaba autoridad desde la agresividad, sino desde la argumentación. Y eso, paradójicamente, termina siendo percibido como debilidad en sociedades cada vez más acostumbradas a confundir contundencia con inteligencia.
El agotamiento
Cuando finalmente abandonó la primera línea política en 2023, la sensación no fue la de una gran caída dramática, sino algo más silencioso y probablemente más triste: la de alguien agotado. Agotado de explicar constantemente cosas que parecían evidentes. Agotado de convertirse en meme cada vez que intentaba abrir un debate mínimamente complejo. Agotado de esa maquinaria pública que convierte cualquier intento de reflexión en combustible para la ironía colectiva.
Y quizá dentro de unos años ocurra lo que suele ocurrir con ciertas figuras incómodas: que empecemos a entenderlas demasiado tarde. Cuando la regulación de las apuestas parezca obvia. Cuando las conversaciones sobre sostenibilidad alimentaria ya no provoquen histeria nacional. Cuando descubramos que muchos de aquellos debates no eran exageraciones moralistas, sino advertencias razonables sobre problemas que preferíamos no mirar demasiado de cerca.
Tal vez entonces quede únicamente esa sensación extraña que dejan algunas ausencias: la intuición de que hubo personas que intentaron señalar ciertos defectos estructurales del presente antes de que sus efectos terminaran siendo inevitables.
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